Friday, 7 May 2010

Esperando a la noche de espeso rumor



Hubo una vez que soñé que no despertaba y me encontraba encerrado en la misma habitación. Entonces pensé que si debía vivir el resto de mis días entre aquellas paredes, debía al menos conocer los más mínimos detalles de lo que iba a albergar mis pensamientos por el resto de mis días.

El receptáculo de mis ilusiones sin eco era de un tamaño no especialmente dramático, pero al menos no tenía el poder de agarrarme entre sus dedos y asfixiarme existencialmente de un modo más rápido de lo que el destino hubiera deseado.

El color era pálido, pero no blanco, leve pero grave en su influencia en mi espíritu. Los días intentando comprender el sentido de todo aquello que me sucedía eran una dura tortura a la que yo no podía evitar someterme. Dócil, cual necio enmudecido por todo aquello que te asusta pero al mismo tiempo fascina, dirigía mis ojos al vacío creado por aquel obsceno exceso de blancura existencial.

La noche en cambio traía el bálsamo ideal a todos estos males diurnos. Las paredes entonces se oscurecían y la noche salpicaba aleatoriamente su bello fluido corpóreo sobre la superficie pétrea de mis miembros. El oscuro perfume de lo perverso y lo vicioso llenaba la habitación de si misma y me cubría totalmente con su caluroso infierno letal.

Hipnotizado y totalmente henchido de los impulsos nerviosos de la luna me situaba al lado del agujero negro que la noche había abierto para penetrar en aquellos muros otrora inexpugnables y me daba un reflejo de lo que mi vida sería si estuviera al otro lado. Bajo aquel espejo deformado encontré un asiento para mi esqueleto y una copa de vino para el resto de mi espíritu. Bebía la sangre contemplando la riqueza de mi vacío, disfrutando de cada una de las gotas de decadencia que se fundían con mi perdida identidad. Gozaba una y otra vez con la memoria de cada una de mis derrotas, venciendo al infinito y a la mortalidad de todo con lo que no merece la pena soñar.

Un día, el día no fue tal, me abandonó cobijado en el seno de la espesa ola de viscoso beso nocturno y allí nunca más necesité despertar.

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