Sunday, 22 August 2010

Manchado

Como el estómago de un rumiante, su destino le devolvió al pútrido ciclo de todo lo que no podemos evitar. Allí estaba plantado de nuevo, erecto frente a la nada. Sin vientos ni tempestades, los árboles borrados del boceto que tantas veces había tratado de crear en su caprichoso corazón. Ninguna ola del mar llegaba a acariciar aquellos valles que tan intensos y vacíos se habían arraigado en su alma. La ternura de un perfume sutil y bello se había erosionado con la fuerza bruta de la sequedad existencial. Ante sí se hallaba la más árida llanura vital, coronada por una luna que permanecía allí inmóvil, eclipsando con su belleza al poderoso astro de luz diurno.

Caminé algunas horas por aquellas tierras, adentrándome en la raíz de lo más yermo de mi espíritu en busca de lo que en realidad no quería encontrar. Guiado por Selene y su melancólico susurro, imaginé unos muros y una fuente al final del camino, bajo una cruz deforme y rota. La asimetría de su decadencia me invitó a acercarme un poco más a ella. No pude imaginar en cambio el plácido ritmo del agua de aquella fuente entre mis manos cortadas por el olvido. La melancolía era estéril e imperfecta por aquellos lares, y su fruto era un sólido encogimiento en el alma que impedía la alquimia de la triste lágrima que todo acalla.

Mi silencio se hizo más fuerte al pasar ante el amorfo símbolo del sacrificio, erguido tanto tiempo atrás que las verdades que representaban se habían intimidado y encorvado ante aquella tierra tan vasta y seca que habitaba mi corazón. Entré en la capilla sin mucha dificultad, los insectos habían desistido de mostrar resitencia ante la araña compulsiva del eterno retorno a la decrepitud. El polvo y la ausencia me esperaban dentro, posados y amontanados entre los recuerdos que allí dentro yacían. Me acerqué al altar y me senté en la primera fila, en un banco con un número impar de soportes, que parecía levitar en un extremo y hundirse en el otro. Al otro lado de mi mirada se mostraba una sombra eterna que imitaba mis convulsión moral.

En aquel momento percibí el único y solitario sonido de aquella extraña noche, tan familiar como siniestra para mi vida. El reloj sobre la bóveda golpeó una única vez, penetrando en el corazón de aquella sombra que ya se había cernido sobre mí. No hubo sonido alguno cuando su puño penetró mi pecho y mi fuente comenzó a brotar de fuera hacia adentro. Aquel pobre infeliz era un sueño, una imagen de mí formada a mi antojo como cada plenilunio de agosto en el mismo pozo del infierno seco de mi tierra que cobijaba mi tumba para siempre. Mi sombra bebía de mí una vez más, dándole vida durante otro ciclo de días y meses esperando al estío del siguiente vaivén que me traería de nuevo ante otra imagen y otro cuerpo del que nutrirme para no perecer jamás al hastío de la inmortalidad.

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