Sunday, 17 January 2010

Pensamientos bajo el manto de hielo






Los últimos días del verano parecen tan lejanos que vagamente recuerdo su aroma y mucho menos su sabor. Se ensanchaban los días, sueltos, libres del abotargado pulso de la sangre en el ininterrumpido vals de la rutina. Fría, calculadora, dictadora del universo de la divagación intelectual.


El sol brillaba sobre nosotros y parecía que el día nunca acabaría, marcaba el terreno para un nuevo desencuentro que encontrábamos ingenioso en su perezoso acabar y sonreíamos ante la trivialidad de todo lo que ocurría. El agua, el sol, la arena...todos ellos esculpían nuestro despertar y nos mecían muy esperadamente durante el día hacia la añorada noche tórrida de los días de mi idealizado mes de julio.

Tanto me dejé llevar, que no sentí el paso del tiempo, la mutada naturaleza del sedimento temporal que maquilla este cuerpo sin provocar desesperación aún. La fina arena del Mediterráneo fue barrida por las melancólicas caricias del otoño, sus bellas manos apartadas de mí más tarde por el lento y pesado manto blanco que absorbe toda la luz que puede albergar un invierno largo y profundo. El hielo hace todo más lento, más doloroso y a su vez más profundo.Todo es relevante en su irrelevancia supina.

Dentro de este limbo helado personal de circunstancias sin motivo y sin fin me encuentro yo, buscando y no encontrando, encontrando sin buscar a veces soluciones a enigmas no planteados y a los que nadie importa su desenlace. Aquí, un día, la nieve me dejará y despedirá mis pensamientos.

Quizá entonces todo se dilate de nuevo, el amor, el beso y el cielo entre tus piernas. Y sólamente entonces soñaremos de nuevo con lo que echaremos de menos y nunca tendremos hasta que dejemos de bailar al son de los caprichosos elementos.