Thursday, 14 April 2011

Pensamientos al otro lado del cristal



















Me monto en el primer tren de la mañana con dirección a Varsovia, aunque el destino me era absolutamente indiferente. El aire está húmedo, henchido y preñado de mi indiferencia. Me vuelvo para atrás y sólo veo formas difusas en los asientos. El pasado y sus protagonistas se difuminan en mi memoria y se desvanecen al compás de los primeros vaivenes del tren.

Para mí, que estoy sólo en este vagón. Me siento al lado de la ventana, pero accidentalmente el tren se mueve en dirección contraria a la de mis pensamientos.

Me dejo llevar, no me importa mucho más.

Los árboles parecen saludarme desde el otro lado del cristal y los pájaros me imaginan mientras vuelan hacia las nubes negras del amanecer. De repente, su vuelo se funde con el brote de lágrimas negras y no puedo diferenciarlos de entre la espesa y vulgar lluvia matinal. No despeja el horizonte y mi vida no se despega del pensamiento melancólico. Pegado al cielo como aquellos pájaros y atravesado una y mil veces por la húmeda daga del viento y el líquido elemento aéreo.

Al fin caigo y me precipito sobre las vías del tren, arropado por la incesante ducha de contaminado vapor.

Una mano me toca. Un polaco tierno pero dormido surge de la boca hermosa y cruelmente lasciva:

-Señor, aquí tiene su corazón. Se le había caído.

Ella sostiene la masa intensamente roja, rebosante del ritmo lento pero intenso de mi vida. Palpa en mi pecho y busca el origen de la mansa melodía de mi pálpito pero no se asombra cuando descubre que la herida está cerrada.

-Supongo que no lo necesita. En ese caso, espero no se ofenda si me lo quedo.

Le respondo que no me ofendo. Es más, me produce una cierta sensación de orgullo que alguien le dé más valor a mis latidos que yo mismo.

Se marcha, la espalda desnuda, bella y eterna, el cabello retozando al otro extremo de mi agonía. Quiero seguirla pero sé que ya no está allí. No obstante me levanto y la sigo, pero pronto pierdo el equilibrio. Mis pies son demasiado duros, los tobillos son dos piedras pesadas y romas. No puedo moverlos.

El techo del vagón se abre y encuentra su reflejo en mi pecho abierto sobre el suelo. El pájaro de ébano me atrapa y me lleva lejos de allí.

Volamos, sus ojos fijamente en mí. El momento final ha llegado. Con gran expectación fija sus ojos en mi ausencia y me devora poco a poco mientras el tren se aleja pequeño y lento bajo mi esperpéntico cadaver.

Poco a poco soy parte del bello buitre de piel pálida y negra cabellera, siento y veo lo que la bella y cruel ave siempre pudo ver. Su corazón es ahora el mío y la sangre vuelve a correr en mí. Nos devoramos y nos regocijamos en el festín de sangre por el inicio de una vida mejor.

Y volamos.

Lejos, muy lejos de mí.

Al otro lado del cristal, en otras vías del tren que nunca sospeché que existieran

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