Sunday, 5 June 2011

Lęk


A veces pienso que el cielo o el infierno son dos personas mirando al mismo escenario desde dos balcones distintos. La ausencia de voces humanas, el desordenado pero paciente diálogo de los pájaros en el aire siendo contestado por la miriada de silenciosos pasos de los insectos bajo nuestros pies. El vacío se extiende frente a nosotros mientras nuestra alma se despega poco a poco de nuestro cuerpo hasta que los relojes se desploman bajo el peso regurgitante de los minutos. El retrato se dilata tras las pupilas ávidas de un futuro que se adapte a la imaginación más desorbitante.

Así me siento ahora cuando escribo estas líneas desde el mismo balcón donde alguien repitió este mismo proceso con un desenlace que trataré de explicarte. Verás, ya no importa mucho cómo empezó todo y por qué lo hacemos. Ni siquiera cobra sentido crearse falsas expectativas a estas alturas de nuestras vidas. Lo único que importa es que exactamente una semana antes nos encontramos aquí y probablemente ni lo recuerdas. Seguro que me recuerdas de algo y por eso no te ha extrañado nada que me haya presentado en tu casa sin decir nada. No es que me esperaras, es que ya estaba allí antes de que tu mente percibiera mi estímulo.

Pensabas que todo iría mejor si todo fuera distinto, si el narrador de la historia fuera verdaderamente el mismo que escribía el relato. El personaje principal se debatía entre mil y un temores diferentes, fagocitantes y contradictorios como su propia vida. Querías que venciera, que superara todos los complejos con los que tú afrontaste toda tu vida. Le pusiste a prueba, le torturaste y le convenciste de que todo miedo es real y de que el dolor es algo que no es posible evitar. Pero en el fondo querías que sobreviviera para demostrarte a tí mismo que merecías vivir. Tras tanto navegar por las costas de la pesadilla bañada del hedor de la fiebre, te perdiste en el miedo y dejaste escaparlo. Lo buscaste una y otra vez entre los charcos de tinta que se abrían paso por los poros de tus venas de escritor maldito y maldecido.

Durante siete noches buscaste en la noche y las calles desiertas la manera de posar tus manos sobre su destino una vez más. Tus manos temblaban y el galope del bravo whisky por tus venas no calmaba la sed de tu miserable corazón. Cabalgaste sobre el caballo que no puedes gobernar, te dejaste morder por la furcia que no puedes pagar y visitaste los templos de un dios en el que nadie podrá jamas creer. No tienes más tinta, más historia y todas las musas se preocuparon de sellar su cinturón de castidad antes de dormir. No había ningún otro rincón de este tu carcomido mundo que puedas corromper nunca más. Y ese pensamiento  sepultó el hálito de tu conciencia y por fín, caíste dormido sobre el lodo.

Despertaste hace breves minutos y ahora por fín comprendes por qué estamos aquí tú y yo. Finalmente comprendes mi esencia y conoces todo sobre mí. Me buscaste y nos hemos encontrado. Podemos finalizar la historia de una vez por todas. Lo haremos como tu querías y con las palabras que tu elijas.

Veo que recobras la energía. Ven, toma el papel y el bolígrafo. La tinta corre rápido una vez más. Tus ojos se abren y tu corazón se ensancha otra vez. Escribe rápido, más y más. Ya no piensas en la musa que se escapa sino en tu vida que se marcha poco a poco con el contacto húmedo y erótico de tus labios con la verdad de tu vida. Ya nada importa, el papel y la tinta son tuyos para siempre. Eres parte de ellos, un personaje más de la historia del mundo que quiso hacer una epopeya de un poema rancio y belicoso. Fuiste noble pero necio, genial pero pequeño, bello pero fugaz.

Cierra los ojos y siente cómo ahora yo seguiré con tu historia y te llevaré a lugares que nunca lograste soñar.

Duerme.

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