Friday, 25 November 2011

El camino de la inercia

El título de la canción se me había olvidado y lo importante no era sólo la melodía.

Hacía tiempo que encontraba problemas en el camino de la expresión de mis pulsiones existenciales.

Recordaba su olor pero no era capaz de asociarlo a ninguna escena concreta de mi vida.

Saboreaba su piel y el aroma de gloria carnal en su cuerpo, arrancando la miel de la victoria de entre sus benditas entrañas. Y sin embargo, corría su recuerdo como gotas de agua en el cristal de mi memoria.

Las manos se abrían compulsivamente para recoger entre ellas todo el placer que me había proporcionado hacerla gozar de algún modo. Pero toda ella se deslizó por mi vida y el frío hálito de su fantasmal recuerdo es todo lo que pude recopilar.

Las mañanas hacía tiempo que suponían para mí un lento intento por olvidar lo que no había ocurrido la noche anterior. Mis sábanas se hallaban cubiertas de la obscenidad de su ausencia.

Mis lágrimas se habían ennegrecido, tan vil el sentimiento se había tornado. Los brazos más largos y angostos, el pecho estrecho y hundido. Mi cara era el reflejo del hueco creciente en el espejo, mis venas las grietas formadas desde su interior hacia las esquinas de mi existencia.

Más fisuras sin arreglo que ya no me atrevía a contar. Más miserias sin comienzo y cuyo fín no tardaría en resucitar.

Mi muerte fue un acto lleno de inercia. La voluntad de un segundo empujando a otro para a su vez ser desplazado irremediablemente al olvido.

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