Tuesday, 25 September 2012

La Torre de sus Deseos


Ella sabía que nadie leería sus cartas, o en todo caso que sería demasiado tarde y que ella no estaría viva para cuando alguien por fín resucitara esos sentimientos en su boca. Ya no recordaba cuando fue la primera vez que aquella sombra la había traído a aquel sitio alejado de cualquier ápice de humanidad. Aunque por otra parte recordaba que desde muy pequeña el único mal trata que había recibido había sido impuesto por la mano del hombre. Por tanto, podemos afirmar que su vida había recorrido todos los estadios de la compleja pero al mismo tiempo ridículamente bestial naturaleza del ser humano.

Todos los días al despertar se dirigía al pequeño escritorio roto que se encontraba a su derecha, junto a la ventana que no tenía vistas al exterior. Al otro lado se erigía una masa amorfa de ladrillo que en su mundano aspecto parecía mofarse de ella. En la mesa, una vieja máquina de escribir que emitía quejidos incluso cuando sus teclas no habían sido acariciadas.

A la izquierda había una taza de café cuyo exterior era más sucio que el líquido que albergaba en su seno. Un ramo de flores negras, mustias y malolientes decoraba la margen izquierda de la ventana, mientras que unos extraños símbolos similares al lenguaje humano surcaba la pared al otro lado.

Al principio escribía durante horas, desahogándo toda su furia y rabia interiores para hacer frente al dolor que experimentaba por las noches. Después, poco a poco las fuerzas le abandonaban y lo que otrora era largos cuentos de esclavitud y sangre se habían convertido en letanías y plegarias tan cortas y mustias como aquellos negros brotes considerados alguna vez flores.

Aquella sombra la había cautivado con sus dulces palabras y alusiones que habían embriagado su espíritu. Solas se habían dedicado a buscar los límites de su goce sexual. De las caricias iniciales ya ni recordaba el vestigio del lejano orgasmo que alguna vez le había inspirado esperanza para su vida. Había sido una vez la lengua que había recorrido las partes más deliciosamente exquisitas de la sombra caliente de curvas excelsas. Había deslizado sus dedos por las húmedas grietas de su hedonismo sin fín y había hecho gozar a ambas con la destreza de su pasión.

Lasciva, viva y latiente, su alma había olvidado los confines del tiempo y del espacio. Se había dejado llevar por sus propios vicios y estos le habían proporcionado todo el agua que su cuerpo necesitaba beber para existir.

Su sombra estaba satisfecha. Sumisa, complacida y satisfecha se desnudaba todas las noches frente a la ventana que entonces mostraba una luna hedonista traspasada por el rojo deseo que la perforaba mil y una veces hasta llegar a aquella habitación en un lugar cobijado por el éxtasis. Sus pechos se mostraban turgentes y desafiantes. El deseo endurecía en sus extremos y acariciaba con el cálido rocío su sexo mientras abría sus piernas al goce que le iba a ser proporcionado otra noche más. Nada parecía abocar a ningún fín, pues el sexo era el principio y el fín de toda su existencia.

Un día, ella se quedó dormida y al despertar su sombra se había desvanecido. Angustiada la buscó durante todo el día y no pudo hallarla. La llamó, la invocó y suplicó a Lilith que se la devolviera, pero no consiguió que la diosa de la noche se la devolviera. Encerrada, sus lágrimas empezaron a cubrir sus ojos de la realidad externa. Encerrada en sí misma, se fue marchitando poco a poco hasta que por fín una noche la puerta de la habitación se entreabrió. Allí estaba su sombra, altiva y dura desde el umbral. Cuando la pobre mujer se abalanzó sobre su sombra ésta la rechazó, le dió la vuelta de modo violento y la llevó hacia la cama. Poco después la amordazó y la ató a las cuatro patas de la cama. Dentro de ella la sombra depositó todos los recuerdos de sus viajes por las tinieblas de las últimas semanas. Sus pesadillas, la crudeza de lo que había visto y sufrido fueron penetradas en el seno de la mujer noche tras noche.

El sexo se transformó en perversión. Y la perversión en obsesión por el dolor y la tragedia. Por fín, la sombra le permitió escribir. Era lo único que tenía permitido. Bueno, eso y someterse a cualquier oscura fantasía que la sombra quisiera experimentar para excitarse. Al principio intentó liberarse e incluso intentó arrojarse por aquella ventana sin fondo, pero la sombra la agarró y la sometió a todo tipo de vejaciones durante cinco días. Exhausta, y a falta de poder derramar su sangre por las paredes de la torre desde dónde se encontraba prisionera, decidió verter todo su odio y furor con la tinta de la máquina de escribir.

Poesías, novelas, epístolas sin destinatario concreto fueron escritas y recogidas por la noche por una sombra que cada vez disfrutaba más con su lectura mientras la bella mujer sangraba perforada por el incesante dildo de la frustración entre sus piernas.

Esta mañana se ha levantado y su sombra no estaba. Ha empezado a escribir y en este momento se ha parado. No sabe qué desea más, si morirse o que vuelva aquella sombra que ha dado significado a toda su existencia. A un lado la ventana está abierta y hay una cuerda que lleva a un jardín exterior. El muro ha desaparecido y la luz del sol invade el resto de su espacio visual. Tras ella, la puerta acaba de abrirse y la sombra se acerca lentamente a ella con sus brazos abiertos. Se muestra por primera vez en mucho tiempo insegura en su perfecta oscuridad, la piel más cálida que nunca y el aroma que emana de su vulva más hipnotizante que nunca. Desea sumergirse de nuevo en ella y olvidarse de todo lo que aconteció recientemente. Es ella ahora la que somete a la sombra y la ata a la pared. Se abalanza sobre ella y la viola repetidas veces, las lágrimas saliendo de sus ojos con tanta profusión como los fluidos de su perversión. Por fín, no soporta más la agonía y ata la cuerda al cuello de la sombra, tirando fuertemente y ejecutando por fín a su bella mitad. Su otro yo, su amor eterno.

Incapaz de vivir sin ella, se encarama a la ventana y se arroja al vacío sin emitir sonido alguno en ningún momento previo o posterior al de su muerte.

Así es como encontramos ahora a la bella mujer y a su lasciva sombra.Ésta arriba, atada y maniatada por las cuerdas del tiempo. La otra yace en el jardín, sin sangre que derramar pues todo lo dejó en la sombra a la que amó y por la que gozó de las únicas experiencias que alguna vez habían significado algo para ella.

Cuentan que todos los años, en la misma noche y el mismo lugar aparece una sombra tras una bella mujer. Ambas entran en una torre abandonada en el medio de la llanura eterna. Allí se funden durante once meses y once días hasta que ambas son encontradas muertas. Siempre separadas tras haberse amado.

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