Friday, 30 November 2012

A la sombra de mi dismorfia


Cansado de ver, un día me desperté con los ojos velados. Lleno de cordura, dediqué un tiempo más o menos extenso a contraer mis pupilas y expander los orificios que debían traerme la imagen exterior hacia adentro. Concentré toda mi energía en dirigir el poder de mi visión por los hilos invisibles que perforan mis ojos en columnas asimétricas e invertidamente coloriformes.

Me levanté en el espacio entre el beso de la pared encalada y el final de unas escaleras de caracol. Comencé a subir con evidente torpeza al descubrir que los escalones estaban mellados, como si un insecto salido de su fósil capullo hubiera chupado con deleite los bordes regulares y se hubiera empeñado en desfigurar el camino. Como si me estuviera esperando para verme caer y reirse desde lo más bajo de su hipocresía.

Me sentí feo, y al mismo tiempo grande y colosal. Con cada altura ganada sentía el corazón menguar y los miembros fortificar. Los músculos parecían ganar el combate personal contra la censura de los tendones que se ataban a los cartilagos que creaban curvas imposibles alrededor de unos huesos que nadie había colocado allí. La deformidad me daba confianza, y el espejo que debía hallarse inevitablemente al final de aquella escalera me habría de quitar toda la razón.

Por fín llegué allí, y cuando volqué toda mi grotesca imagen sobre la superficie del pulcro espejo, me percaté de que el cristal cedía, quemado, corroído con la acidez de mi fealdad. No tuve tiempo de comprobar si tenía sentido aquella arquitectura anormalmente brutal. Me imaginaba gárgolas con lenguas que recorrían toda la mejilla y derramaban chorreante saliva negra y viscosa sobre mi espalda. Me imaginaba unos ojos perversos, los iris flameando con agitada corrosión, intentando una y otra vez fagocitar aquella pupila profunda e indefensa que a duras penas resistía con heroismo aquellos minutos en aquel infierno.

De pronto no pude evitar la locuaz carcajada, los goznes de mi mandíbula abiertos en canal por una gutural voz que disfrutaba persiguiendo al eco, al que no dejaba manifestar queja alguna ante las paredes del abismo.

Reí tanto que me olvidé de la escalera, del espejo y del otro lado de donde había salido. Allá no había absolutamente nada. Ni yo ni aquel cuerpo que se había creado al azar en los sótanos de mi imaginación que había sido erradicada por la rutina y el paso de los minutos controlados por segundos sanguinarios en el pozo de una oficina sin ventanas.

Entonces decidí que aparecería una simple hoja, ni blanca ni amarilla, flotando lentamente ante mí. De mí surgirían unos dedos que lentamente se formarían en torno a aquel espacio vacío aún de la tinta que derramaría más tarde. Las palabras saldrían de aquellos conductos que estaban llenos del fluido que nunca había estado más lleno de mi esencia. Tensé las venas como cuerdas de una guitarra, que emitirían la melodía bohemia del soñador agarrado al mástil del barco a la deriva pero con rumbo seguro hacía la oscuridad que tanto anhelaba.

Allí, donde el horizonte pierde su bello nombre, se encontraron un día mi cuerpo y su imagen, la tinta y la hoja que nunca se acaba. La lengua y la sangre que nunca se cansan de jugar mientras nos adentramos en la cálida cáida del futuro que ya no tiene tiempo de adivinarse pues estamos por completo en su interior.

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