Friday, 9 November 2012

La distancia entre las tres y el pico afilado de su sombra


Miró el reloj del salón nada más cruzar el recto cámino de entrada al mismo, lleno de unos ángúlos agresivos. La madera que lo circundaba estaba hecha añicos, adornado de una piel sedosa y arácnida que engullía el polvo a su alrededor.

Las tres y pico.

Literalmente, pues el minutero terminaba también en forma de daga, del cuál se desprendía un seco y hueco sonido tras cada cinco latidos consecutivos de su corazón.

Recordaba la última vez que se había encontrado en la misma situación y decidió que el concepto de déjà vu carece de sentido cuando se repite más de siete veces en el mismo espacio de tiempo. Pensó que toda su vida estaba salpicada de manchas de recuerdos y experiencias que se esputían cronológicamente por la boca de sus angustiosos pensamientos.

Era un hombre obsesionado, cautivo en una celda que el había descubierto una noche de Noviembre en su casa de Cracovia. Aquella noche no podía dormir tras caer bajo la red de las dimensiones oscuras de una pesadilla sin lógica ni propósito. Soñó que su cara se partía, que sus ojos se abrían más de lo que sus párpados podían cobijar y que su boca era incapaz de albergar la potencia de su horror. Nunca más recobraría la imagen de sí mismo que con tanto esmero se había esforzado en amar. Minutos más tarde soñó que se despertaba y que su vida continuaba pero lo cierto es que nunca ha sabido si aquello fue real o si en cambio su vida a partir de entonces había quedado atrapada en aquel sueño, en aquella escena mórbida y asquerosa de su propio ser.

Desde entonces todas las noches de todos los siguientes escasos e inútiles instantes de luz vital y espiritual se encontró bajando las escaleras de caracol que lo empujaban inevitablemente a aquel salón lleno de ocres y crujidos. Allí sus ojos siempre se posaban en aquel reloj que marcaba siempre la misma hora y justo después el peso del miedo y la memoria le hacían volverse hacia el otro lado del salón. Allí le esperaba una figura sin cara, bajo la cortina de una sombra que se ajustaba a los contornos de su cuerpo. Aterrado descubría que si trataba de volver atrás y subir por las escaleras del momento pretérito, sus pies le llevaban en cambio un paso más cerca del inmóvil espectro. Un poco más y estaría en condiciones de vislumbrar su cara, pero el terror lo invadía y le llenaba su cerebro de crueles y espantosas imágenes que podrían corresponderse con la faz real de lo que se encontraba frente a él.

Por fín, su cara se situó a escasos milímetros de la paralela imagen oscura, a la distancia y alturas necesarias para poder darse cuenta de que la figura tenía los ojos cerrados. No pudo evitar entonces un movimiento espasmódico que dirigío dos de sus dedos al ojo izquierdo del negro fantasma. Con el inverso movimiento de sus dedos, se abrió hacia él una mirada aterradora. El iris era enorme y lleno de de una nube de sangre que corría de uno a otro lado del ojo, y los párpados pugnaban por cerrarse. Él trataba de mantener aquellos ojos abiertos, pegado a una figura de cuyo influjo no podía olvidarse. Era como si él quisiera apropiarse de todo aquel terror para si mismo e introducirlo por alguna ranura de su alma. Cada vez le gustaba más el pavor que le invadía, no podía resistir la tentación de juntar su cuerpo al de aquella criatura que le llamaba en su sueño cada noche de su existencia.

La boca por fín se abrió y su vida se coló por aquel agujero que no tenía ni principio ni fín.

Algunos latidos más tarde, algunos metros más allá de la casa creyó que se despertaba. Subíó de nuevo los escalones hacia su habitación. Tras la puerta, dormía su blanca cama y tras ella el espejo le devolvía una imagen distinta de si mismo. Se acercó a ella y el retrato en el espejo comenzó a moverse, la nueva copia ignorando la voluntad del original. Los ojos eran terroríficamente blancos, la boca sin lengua, los dientes ocultos bajo el espeso rojo de la sangre que había bautizado su alma con la maldición del viaje contínuo en el laberinto de sus miedos.

Cada vez más lejos de sí, un paso más cerca de la inevitable pérdida de cordura de la que se había hecho adicto con cada noche que había pasado desde aquel primer sueño.

En una ciudad llamada Cracovia, en la distancia entre las tres y el pico afilado de su sombra.


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