Friday, 14 December 2012

Hambre de tí


Es difícil de hallar cobijo para las palabras en mi boca, cuando tu lengua ha probado tanta sangre, incluída la propia. De un modo u otro, creo que conseguiré explicarte más cosas sobre mí.

Me dejaron aquí una noche de diciembre, cuando el calendario iba a perder su última página entrelazado con el viento del olvido. Para mí aquella hoja se quedó pegada a mi memoria, como la costra de una herida que se abre una y otra vez en mi pensamiento.

Subimos unas escaleras que parecían surgir de las fauces del ébano y que me llevarían al corazón de las llamas del averno. En una torre con una sóla ventana, y una puerta escondida entre una pared por donde el eco no podría encontrar grieta por donde escapar.

Nadie me explicó nunca por qué mis manos y piernas se clavaron en la madera y sus pérfidos y deformes aguijones de lujuria habrían de performarme durante todas las horas que siguieron a mi reclusión. Mis ojos estaban vendados por el día y abiertos a las perversiones de la noche. Durante días se repitió la misma rutina, mi cuerpo el receptáculo del cuero, la saliva y el blancuzco chasquido de su locura.

Mi mente me dejó pronto. Mi cuerpo aprendía con cada pincelada del metal en mi blanca piel, pero mi corazón se hacía cada vez más denso y fuerte. Era como si la sangre de la que se nutrían todos aquellos en realidad se disipara por mis poros y llegara a mi corazón en lugar de llover mansa sobre sus bocas y sus manos.

Poco a poco me adentré en otro mundo donde ni ellos ni yo teníamos el mismo sentido. Ni ellos eran personas, ni yo estaba indefensa. Me alcé sobre mi misma, sobre la muerte y sobre aquella habitación para cobrar otra forma que yo no temía liberar.

Nacida del dolor, volví a mi antiguo cuerpo y le dí una nueva dimensión. Me abalancé sobre mi verdugo y le hice tragar toda la locura que habían vertido sobre mí. Les hice invertir su odio sobre si mismos, tragándose y comiéndose entre ellos mismos mientras yo gozaba del corrupto teatro del dolor.

Elegí los cuerpos que más habían osado adentrarse dentro de mi pureza y saboreé hasta la última gota de su sangre. Chupé sus restos y exprimí todo el jugo de su miseria. Uno a uno se fueron dejando su esencia en la celda que ellos habían creado para mí.

Cuando terminé abrí la puerta y te dejé entrar. Te has quitado la ropa ya y me esperas en la cama donde cada acto siempre me ha llevado a algún tipo de muerta, incluída la mía.

Ahora te toca a tí. Entrarás en mí y saldrás de un modo que no podrás concebir. Te haré olvidar lo que tú crees que somos y nunca volverás a ser quien crees que eres.

Bellos y frágiles en vida, henchidos de la sangre de Eros y vaciados del peso inútil de la conciencia dentro de toda esta muerte que nos recibe por fín en su lecho.

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