Thursday, 13 December 2012

Sen Mara


Siempre la ví tan cerca de mí, indudablemente presente tras la caída del velo nocturno. Al otro lado del río que separa la realidad del sueño. Durante años he tratado de olvidar que me tendía la mano, me acariciaba por la mañana cuando mis ojos aún no se habían abierto hacia adentro y dejaban el exterior cubrirlo todo de una luz tan artificial como cautivadora.

Nadie quiere ver la cara de la muerte, pero todos quieren creer que algún día se hará visible al pié de sus camas. Imaginan una figura de elegante porte que nos llevará a otro lado donde encontraremos secretos que quizá no queramos que nos lean.

Este ser que me visita no es ella.

Este pensamiento no me atormenta, pues sé que no he de morir esta noche, al menos en el plano de lo comunmente establecido. No me espera ningún Leteo donde pueda sumergir mis sueños y lavar mi conciencia.

Me susurra historias que no quiero contar, revela cuerpos a los que no deseo corromper, parajes que no quiero rociar con los restos de sus entrañas. Mi mente se aleja de mí y me deja a merced de una gravedad caprichosa y cruel donde mis labios siempre se llenan de la sangre que mana de otros.

Con cada uno de sus pensamientos me siento más lleno de muerte, su decadencia decora mi alma y condena bajo llave a cada una de mis posibilidades de redención en mazmorras al final de escaleras cada vez más angostas en mi corazón.

Con cada uno de sus besos me adentro cada vez más en la nube de locura, con cada sorbo del néctar de la fuente de su perversión mi vida se hace más suya y menos mía. Y en cambio mi piel se hace más bella, mis venas se dilatan y se deleitan con el paso de la cálida procesión de glóbulos portando elementos que no figuran en ninguna tabla. La química se encuentra en la delicada alquemia entre el placer y la muerte que no le pone fín.

Con ella, el terror encuentra su alma gemela en el placer, y juntos se adentran en los pechos turgentes de la noche, cuyo interminable extásis se desborda por los bordes de nuestras lascivas bocas en cuyo beso nos fundimos para el resto de nuestros latidos.

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