Friday, 19 April 2013

En un día cualquiera de Abril

Le visitó la muerte un día cualquiera de Abril, a una hora en la que ningún invitado debería presentarse en el umbral de una casa. Pero así fue como aconteció y probablemente no lo podamos contar de un modo tan preciso como quisiéramos.

Había estado esperando desde hacía un tiempo, habitando el espacio ciego entre un parpadeo y el siguiente. Ni tan siquiera una intuición desarrollada habría sido capaz de detectar su presencia. La inercia y el dolor la habían invitado a acercarse y ahora era una tentación demasiado grave como para ser evitada.

Ella estaba sola, como casi nunca. El desencanto le había abandonado aquella mañana por fín, y se había deshecho del incómodo velo de la complacencia. Sentía por vez primera interés por sumergir su mano en el cálido fluido del tiempo en el que se encontraba.

Se acercó a la puerta y por fín se encontraron. Cara a cara con el más futuro de los pretéritos se hizo pequeña ante tamaña figura. La contempló y se olvidó de todo lo que había ocurrido con anterioridad.

Ahora todo era presente, podía sentir la forma del espacio penetrar en su piel. Empezó a introducir su oscura tinta bajo el pálpito de su cálida piel y a inundar cada esquina y cada rincón de su sometida alma.

En ella, la muerte se tornó más segura y paciente. Juntas dejaron aquella casa y recorrieron los cimientos de la naturaleza que los albergaba.

Cuenta la leyenda del lugar que aquella fue la primera vez que la muerte se olvidó de su labor cotidiana para dejar las riendas del tiempo a la vida.

Por un día, y en aquel remoto lugar del país los obituarios se convirtieron en piezas de un museo sin turistas.

En aquel día de Abril.

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